jueves, 8 de diciembre de 2011

Capitulo 2

Luego de salir del despacho de mi padre, fui a mi habitación, me puse unos pantalones de montar color negros ajustados, mis botas de montar, busque una blusa ligera fucsia, me hice una coleta alta y busque mi equipo de equitación. 

Al llegar al establo ensillé a Lucifer y salí con rumbo al bosque. Aunque mis padres insistían en que montase una linda y dócil yegua, Lucifer era más parecido a mí que cualquier otro animal. Era rebelde y obstinado. Había sido criado en una granja de caballos a las afueras de Midelton, pero su naturaleza indómita había causado grandes problemas, su padre era un caballo salvaje y una yegua andaluz que para su mala suerte se había escapado de la grande y tenido una aventurilla con él. Al dueño casi le daba un infarto al saber que su fina y más preciada yegua esperaba un potrillo de un animal salvaje. No le quedó más remedio que quedarse con él. Pero mientras fue creciendo no había sido posible domarlo, reventaba las riendas del esfuerzo, y no había permitido que se le acercaran con una jeringa cuando el dueño quiso castrarlo. El señor Nelson, el dueño de la granja, informó a mi padre sobre el asunto, no querían sacrificarlo porque era un espécimen hermoso y pagarían una fortuna por semejante caballo, grande, fornido, color blanco inmaculado, hocico gris, de patas largas y pelo sedoso. Mi padre le había dicho que lo dejara a cuidado del Sr. Frimand, él era un excelente veterinario y “domador” de animales, pero ni siquiera el domador había podido con el caballo.

Una tarde estaba tan aburrida que decidí salir a cabalgar. Zaphira, la yegua favorita de mi madre tenía una pata lastimada y el caballo de mi hermano no se apartaba de su lado. En cuando a Zifrick y Melody estaban siendo aseados, enfadada busque otra cosa que hacer, busqué al señor Frimand, que estaba intentando trabajar con un nuevo caballo. Lo sabían llamado Lucifer porque era testarudo y desobediente. Sentí gran curiosidad por el animal, casi tan alto como una casa, que le pedí dejarme montarlo. En cuanto se lo propuse el hombre me lo impidió de inmediato, pero no lo escuché y me acerque a él. Al principio estaba tenso, pero tomé su hocico y le acaricie las orejas con delicadeza mientras le susurraba palabras tranquilizadoras. Desde ese momento solo yo he podido montarlo, a veces el Sr. Frimand pero no con mucha frecuencia. Me había dicho que era una bruja, y le pedí a mi padre si podía quedarme con él, al principio me repuso que era una bestia enorme para una señorita, y que era gruñón, pero al ver los cambios que hizo conmigo como entrenadora se había convencido que era mejor que estuviese conmigo que tener que sacrificarlo.

Lucifer relinchaba feliz al tiempo en que lo puse al trote, y poco después un galope ligero. Amaba sentir el viento a mí alrededor, y el sol del mediodía brillando con fuerza. Para ser pleno abril el calor empezaba a sentirse.

Un desfile de arboles como edificios se presentaba delante de nosotros, guié a Lucifer entre los ramajes, me bajé de un saldo, tomé las riendas y caminamos el resto del trayecto hasta el río que lindaba con los límites de la propiedad familiar.

Dejé que el caballo tomara agua y me deshice de la coleta. Puse una sabana que llevaba en mi bolso de excursión Gucci, y la extendí bajo un gran roble. Como Lucifer no tenía la costumbre de salir huyendo o corretear, le cambie la correa por una soga y lo amarre al roble, le permitía estar libre pero no podría escapar. Saque también una manzana y se la ofrecí, él amaba las manzana, le saque otras dos y las dejé a un lado, busque mi libro de medicina animal y empecé a leer sobre los grandes mamíferos, el libro había sido un obsequio de Mía, una colección de 10 tomos que me había enviado para navidad.

Minutos después escuché un sonido a lo lejos, como un bebé llorando, o más específicamente un gemido. Era ahogado y agudo, por lo que parecía ser un canino muy pequeño. Me levanté con curiosidad y caminé unos metros, el gemido se hacía cada vez más fuerte, pero no lograba descifrar el lugar del que provenía. Más adelante entre unos arbustos llenos de enredaderas había una figura grande entre ellos. Al principio sentí un poco de miedo, ¿y si era un lobo o una hiena? Podía encargarme del cachorro pero dudaba que pudiera con su madre.

El gemido estaba cerca. Estaba luchando con mi deseo de seguir buscando a la pequeña criatura y el deseo de salir corriendo. En contra de todo caminé hasta la criatura grande y tomé una vara que había en el suelo, con cuidado lo piqué, este se removió y al parecer perdió el equilibrio y cayó de espaldas fuera de las enredaderas. Para mi sorpresa no era ningún tigre o puma, sino un muchacho bastante alto, de cabellos claros, tenía una camiseta blanca, muy sucia, y unos pantalones oscuros. El muchacho se quejo un poco y se frotó la cabeza en la parte de atrás con su mano, sus brazos estaban bien formados, se notaba que hacía mucho ejercicio, hasta su pecho estaba bien formado y su cintura era pequeña, sus piernas… ¿Qué hacía yo mirando sus piernas?

-¿Estás bien?- pregunté un poco preocupada. El muchacho se quedó tendido de espaldas con los ojos cerrados y una leve sonrisita en los labios. Era la primera vez que lo veía. Su nariz era un poco tosca, sus cejas pobladas pero en un arco perfecto, sus labios eran delgados y su barbilla como una V.

-Ignorando la contusión cerebral, el dolor de espalda y el piquete de la vara estoy bien- él abrió los ojos vi el hermoso color azul, eran un tanto oscuros, pero aun así hermosos. ¿Y qué hacía yo de nuevo pensando en lo hermoso de sus ojos? Sus rasgos definitivamente era muy comunes en Vera, cabellos claros, ojos de color, piel blanca, de gran estatura… pero había algo en él, y no sé que era, simplemente… era… bien agraciado. Él abrió más los ojos y al mirarme se dio rápido la vuelta y se levanto.

-Princesa Lilliam- él hizo una reverencia. Él era realmente alto, y ahora que lo veía mejor, y no de cabeza me di cuenta de que era más que bien agraciado, el tipo era realmente bello.

-¿Estas lastimado?- pregunté nuevamente, aunque sabía que su primera respuesta había sido una broma pareció haberse lastimado en serio. Su mejilla izquierda estaba un poco raspada y salía sangre de la herida. Saque de mi bolsillo un pañuelo blanco de lino que siempre llevaba conmigo, me acerqué a él, me puse de puntillas y puse el pañuelo en su mejilla. Sentí como se tensaba pero no se apartó, el muchacho levantó la mano y sostuvo la tela.

-Gracias milady- dijo él haciendo una inclinación de cabeza.

-Llámame Lilly. ¿Qué hacías allí?

-Estaba tratando de sacar a un cachorro de entre los arbustos, pero me atoré y el tonto perro se metió aun más en la maleza.- Lo vi reírse un poco pero hizo una mueca por el dolor.

-También lo escuché y quería encontrarlo. Vamos al rio para que laves tu mejilla- él asintió y me dejó ir primero. Cuando llegamos Lucifer estaba comiéndose el resto de las manzanas y resoplo cuando pase a su lado y le acaricie la cabeza. El muchacho se arrodillo junto al rio mojó el pañuelo y se limpió la cara. Me quedé mirándolo mientras se aseaba, su espalda era grande y con músculos que se veían a través de su camiseta. Mis mejillas ardieron ante ese pensamiento ¿Y entonces? Nunca me había puesto así, conocía cientos de muchachos mucho más guapos que él, y ahí estaba mirando cómo se contraían sus músculos con cada movimiento.

-Me temo que su pañuelo está arruinado milady- dijo él mientras se levantaba y dejaba de nuevo el pañuelo en su mejilla. El sol le daba sobre sus cabellos que parecían miel, tenía la camisa muy mojada y se le adhería al pecho firme…

-Descuida- dije un poco torpe.- puedes quedarte con él. Y no me digas milady, ya te dije que podías llamarme Lilly.

-No sería correcto…- comenzó a decir él, pero yo lo detuve.

-Es una orden- dije con suavidad- ¿Cómo te llamas?

-Jeff… me llamo Jeff.- por un momento pareció reacio a decirme quien era, no le presté atención o eso- ¿Qué hacia sola por aquí señorita? –Él frunció el ceño y yo lo reprendí con la mirada- perdón, Lilly.

-Así está mejor- le sonreí- vine a pasear un rato con Lucifer- dije señalando a mi caballo que estaba sumamente interesado en un jardincillo de margaritas que crecían al pie de un árbol cercano.- Estaba leyendo y escuche al cachorro gemir.

-Es cierto, el perro. Sigue ahí y no quiere salir.

-Tal vez este asustado, no es común que un cachorro ronde por el bosque y menos solo. Quizás podamos sacarlo con un poco de paciencia.- caminé y desaté a Lucifer del árbol, le cambié las riendas, busque mis cosas y las até a la silla de montar. Jeff se me quedo mirando un rato, quizás preguntándose qué estaba haciendo- ¿Te quedarás ahí parado o me ayudaras a sacar al cachorro de los arbustos?

-Claro- susurró.

Caminamos de regreso a los arbustos donde el perro seguía gimiendo y aullando. Esta vez estaba casi fuera del verde follaje. Yo me aproximé y tomé al pequeño animalito. Se trataba de un pequeño cachorro golde retriever. El pequeño tendría alrededor de un mes de nacido más o menos, tal vez estaba perdido. Busqué dentro de mi bolso una chaqueta de lana color rosa que siempre llevaba por si llegaba a hacer frio y envolví al cachorro en ella.

-Este es el pequeño que causó tanto alboroto- dije mientras le tendía al animalito a Jeff. Este se echó a reír y lo acurruque en mi pecho.

-Así que tú eres el causante de mis rasguños- el pequeño abrió la boca volvió a aullar.- Creo que tiene hambre, lo llevaré a casa y…

-¿Te lo llevarás?- le pregunté.

-Ahmm… sí. Quería rescatarlo, llevarlo a casa y cuidar de él, ¿Por qué?

-Yo… también quería llevarlo a casa- respondí decepcionada. Yo también quería tenerlo, cuidar de él, alimentarlo. Jeff no podía llevárselo así no más, pero una cosa era cierta, él lo había encontrado primero, no podía ser tan egoísta.

-Tal vez- dijo mientras acariciaba las patitas del perrito distraídamente- podamos compartir su custodia. Hoy es viernes, por lo que podríamos vernos el viernes siguiente y puedes llevarlo contigo.- mi estomago se contrajo con la idea de volver a verlo, pero… me dije a mi misma, solo nos veríamos para que me llevara al cachorro.

-Creo que es mucho tiempo- ¿De dónde salió eso?- ¿el miércoles te parece?

-Claro- Jeff sonrió.- ¿Cómo se llamará esté pequeño revoltoso?

-No lo sé- no se me ocurría nada, estaba ocupada mirándolo jugar con el perro.- ahmm… puede llamarse… Jef-ly.

-¿Jef-ly?- preguntó divertido.- ¿Es como Jeff y… Lilly? – No era mi intención, en ningún momento… pero me sonrojé. ¿Qué me estaba pasando? ¿Acaso me había contagiado de algún virus circundante o algo así?

-Si no te gusta hay muchos nombres que…

-No, me gusta Jefly.- ese comentario hizo arder mis mejillas- Bien… tengo que irme.

-¿Dónde está tu montura?

-Más adelante. Entonces… ¿Nos vemos el miércoles?

-¡Ajap!- yo asentí entusiasmada- ¿Tienes celular… correo?

-Sí, claro. Aunque no lo llevo conmigo cuando voy de excursión- Yo saqué mi libreta de dibujos de mi bolso y un lápiz, era dada al dibujo, ¿y que dibujaba? ¡Animales, por supuesto! – Ten- le tendí los utensilios- anótalos y luego te escribo para que tengas el mío.

-Perfecto –respondió él- nos vemos entonces. Adiós.

-Adiós- De un salto subí a lomos de Lucifer, y mirando a Jeff desde las alturas sentí de nuevo esas mariposas en mi estomago- Adiós Jef-ly.- Jeff miró al perrito y sonrió de nuevo.

Tomé las riendas y comencé a guiar a Lucifer de vuelta a casa. Normalmente no era tan descuidada con eso de tratar a los extraños con tanta familiaridad. Pero Jeff tenía algo que simplemente te hacia querer abrir tu alma, y revelarle todo lo que sientes, era extraño, pero me hacia querer saber más de él, sus gustos, sus disgustos, sus pasiones, todo.

Debía estar volviéndome loca. No sabía quién era él, y al parecer no estaba dispuesto a revelarme nada. En cada momento se había mantenido alejado y reservado en sus asuntos, encerrado en su mente, aunque daba la impresión de que todo lo que él pensaba se daba por sentado, como cuando dijo querer llevarse al Jef-ly con él, si siquiera tomó mi opinión, y si algo odiaba era precisamente eso, no ser tomada en cuenta, como si no tuviera algo interesante en mente, o que mis aportes no serian de gran relevancia. Aunque sabía que no debía sentirme enfadada u ofendida, no podía quitarme ese pensamiento de la cabeza. Tenía que saber quién era él en realidad y que ocultaba detrás de esa sonrisa amable.



Con las manos aun temblándome llegué hasta las escaleras del Pear Palase. Me bajé de un salto del lomo de Pegasus, le di las riendas a Julio que se acerco a mí tan pronto como llegue y se disponía que regresar al caballo a los establos.

El corazón me martilleaba en el pecho, y no precisamente por la carrera suicida que acabada de tener sino por la preciosa rubia con la que me había encontrado, y que me había herido. Había escuchado que la princesa tenía una belleza hipnótica, segadora, deslumbrante, pero nunca la había visto. En los últimos dos años mi única ocupación había sido estudiar, aprender otros idiomas, estar de cabeza con mi padre trabajando, y nunca me molesté en saber quién era la princesa de Vera. Claro que conocía la historia, incluso había visto a los reyes en muchas ocasiones, pero a la princesa solo se le veían los rizos dorados cayendo en cascada por su cabeza cubierta por sombreros elegantes. Pero jamás la había visto en persona, solo fotografías en los periódicos o en internet. Y debo decir que las descripciones sobre ella se quedaban cortas. Al verla me había quedado sin aliento, literalmente de cabeza. Imaginé que siendo una princesa seria toda petulante y engreída, sin embargo era muy simpática, y hermosa, hermosísima, perfecta. Con un suspiro me deje caer en el último escalón, miré el bulto que llevaba en mis brazos, Jef-ly durmió todo el camino y aun lo hacía. Una de las mangas de la chaqueta estaba suelta, lo tomé entre mis manos y lo lleve a mi nariz. Olía a ella, como a flores, duraznos y fresas, dulce. Su pañuelo parecía pesar como piedras en mi bolsillo, tenía dos prendas que eran de ella y claro la custodia compartida del pequeño animal. No sé en que estaba pensando cuando sugerí tal cosa, simplemente no me hubiese importado que ella se lo llevara, pero había visto su gran interés en el pequeño que no pude reprimir las ganas de tenerlo conmigo solo porque ella también lo deseaba. Sonará estúpido, y totalmente infantil, pero había nacido un deseo en mí tan grande que no pude reprimir ese impulso. Quería volver a verla, como sea, y si para eso debía cuidar al pequeño latoso lo haría.

Sobre mí caía el peso de una mentira, ese quizás fue el principal problema, ¿pero que iba a decirle?“Hola, soy Jeff, antes era pobre, pero ahora tengo mucho dinero y heredaré un titulo pronto, por cierto eres hermosa, ¿puedo besarte?” Eso sería devastador.

Y allí estaba de nuevo reviviendo el poco tiempo que había compartido con ella. Con desgana me levanté y entre a la casa.

-¡Jeff, has llegado!- dijo mi madre al verme desde la cima de las escaleras. Llevaba el cabello rojizo rizado y un vestido de tarde color celeste muy sencillo, así era ella, toda elegancia pero sin ser exagerada, alta y con su cara risueña, debo decir que tenía sus años, aunque no era vieja, seguía teniendo esa chispa de picardía que debió tener cuando era muchacha, y comprendía muy bien porque mi padre se había enamorado perdidamente de ella, todos se enamoraban de ella con solo mirarla. Sus ojos azul oscuro eran idénticos a los míos, yo me parecía más a ella que a mi padre, por lo que siempre me decía que había sido besado por un ángel, y era cierto, mi madre era un ángel.

-Sí, y traigo un huésped conmigo- dije señalando al cachorro que se revolvía entre mis brazos.

-¡Oh! Mira esa cosita- ella ya estaba delante de mí quitándome al perro de encima- ¿Dónde lo encontrarte?

-Cerca del rio, dentro de unos arbustos- ella me miro, puso sus manos en mi barbilla y me miro la mejilla. Aunque era mucho más alto que ella logró hacerme bajar un poco para examinarme la cara.

-¿Qué te sucedió?- ella me tomó la mano sin dejar que yo le explicara y me llevo a la cocina para hacerme sentar en una de las sillas del desayunador. La cocina debo decir, era un impresionante foco de luz, había sido redecorada hacia poco y todos los aparatos eran nuevos y de color blanco. Los ventanales que tenia de espaldas a mí daban a un jardincillo de claveles que mi madre había cultivado.

-Estaba en una misión de rescate mamá- dije de manera despreocupada. Ella soltó un bufido y coloco al cachorro en el suelo. Mi madre estaba rebuscando aquí y allá, sacando tasas de un lado, y vendas del otro. Le tendió a Jef-ly la tasa con leche y éste corrió por él. Ella se puso delante de mí y mojo la venda con alcohol, sentí como mi rostro perdía el color, era tan cobarde para el dolor. Ella puso la venda sobre mis mejillas y reprimí un gruñido, la herida escocía y me ardía como el demonio, dije una grosería en alemán y ella en seguida me miro con los ojos como platos, ella conocía el idioma como si fuese el suyo propio. Ella era Española por lo que su inglés tenía un acento chistoso, pero había aprendido alemán en la universidad. Mi padre era escocés, y también tenía acento. Mis hermanos y yo nos acostumbramos al inglés americano del viejo conde y al español latino de la Sra. Montiel, nuestra ama de llaves.

-¡Tú y tus misiones de rescate! Jonathan Jacob si llegas con otro brazo roto juro por Dios y la memoria del conde que te castigare de por vida- Dijo ella en español. A los largo de mis 20 años había tenido un registro de dos fracturas de muñeca por brazo, un esguinces en la pierna derecha y una fractura en la izquierda, tres fracturas de costillas y una cantidad desconocía de puntadas por raspones. Los nervios de mi madre estaban siempre alterados por mis “misiones de rescate”. Una vez me había saltado la valla que dividía la propiedad con la del huraño varón Banllester. Tenía un árbol de manzanas en su patio trasero, enormes manzanas como melones. El viejo conde Phirs me había dicho que eran las mejores del lugar, pero las cosechas se perdían porque al varón no le gustaban. Por lo que una tarde de julio salté la cerca y lleve conmigo una mochila bacía, tendría en ese entonces la edad de los mellizos. Trepe al enorme árbol y me senté en una rapa aparentemente fuerte. Al recolectar mi botín la rama cedió por el peso y caí de pie como un gato. Claro que mi pie derecho lo había sentido por completo, aun así corrí hasta la valla donde el viejo Phirs me esperaba muerto de la risa. Como pudo me ayudo a llegar a casa, y mi madre salió como loca al escuchar que estaba lastimado. Cuatro semanas con un yeso, otras cuatro vendado y dos más en terapia, había valido la pena. Mientras estaba de reposo comí tanta tarta de manzana, pudin de manzana, helado de manzana, jugo de manzana, gelatina de manzana como para que alguien se artera, pero yo era feliz comiendo todo lo que me trajeran.

Después de eso el varó puso un cerca eléctrica en su partió y mando a quitar el árbol de manzanas. Pero había disfrutado de su última cosecha. Mi madre terminó y curarme, puso una gasa en mi mejilla y me besó la frente.

-Gracias mamá-le dije en español. Mi madre sonrió.

-De nada bebé- me respondió ella. Unos gritos llegaron desde la entrada. Mi madre frunció el ceño y fue a ver el alboroto. Yo miré a Jef-ly que estaba jugueteando con mis cordones, y lo devolví a la tasa con leche pero este lo ignoró. Me levanté y seguí a mi madre. - ¿Julieth qué pasa?- escuche decir a mi madre en la entrada. July estaba pálida como una hoja mientras que Jeremy se reía hasta las lágrimas. Me acerque al bribón y pase mi brazo por su cuello y comencé a forcejear.

-¡Basta Jeff, déjame!- gritaba Jeremy.

-¿Qué le hiciste a July? ¡Habla mocoso!- dije mientras lo apretaba más y le frotaba el puño en la cabeza.

-¡Ya basta muchachos!- grito mi madre. Aunque no era dada a perder la paciencia con Jeremy molestando contantemente a July era difícil- ¿Qué pasó cariño?- le preguntó mi madre a Julieth. Ella estaba llorando con su rostro pálido y el cabello revuelto.

-Jeremy… encontró una rana… cerca del estanque - dijo ella entre hipidos. Yo sostenía firmemente al muchacho. Si fue capaz de asustarla con eso buscaría a la rana y la metería en sus calzones mientras dormía, pensé con malicia- ¡él me la arrojo y me callo en el cabello!- chilló mientras se estremecía. Mi madre la abrazó mientras trataba de reprimir una risa. Yo por mi parte le di un zape en la nuca a Jeremy. Este frunció el ceño ante mi golpe y quiso abalanzarse sobre mí, pero aun no era tan alto.

-¡Jeremy!- dijo mi madre y llamando nuestra atención de la pelea- ¿Cómo es posible que le hagas eso a tu hermana?

-¡Es una llorona!- dijo él- ¡Eres una niñita Julieth!- grito Jeremy.

-¡Igual que tú!- le gritó Julieth. Mi madre se pellizcó el puente de la nariz cansada de las disputas de esos dos. Los mellizos siguieron gritándose hasta que golpee de nuevo a Jeremy en la cabeza.

-¡Basta ya enano!- el volvió a mirarme con odio- ¿Eres niñita acaso? ¡Deja de meterte con ella!

-Julieth no es divertida. Cuando éramos pequeños hacíamos de todo, ahora es una niñita llorica que le tiene miedo hasta a su sombre. ¡Te odio Julieth!- diciendo eso salió corriendo liberándose de mi agarre y subiendo las escaleras.

-Hablaré con él en cuanto se tranquilice un poco- dijo mi madre mirando a Julieth que volvía a llorar- Ve a darte una ducha y lávate bien el cabello ¿Sí?- ella asintió y subió las escaleras- Deberías irte a duchar tu también Jeff, y esa camisa- dijo señalando la que llevaba puesta- no la quiero debajo de tu cama ¿ok?

-Ok.- antes d irme le dije- Puedo hablar con él si quieres.

-Claro, Jeremy aun no ah superado la muerte del conde Phirs y tampoco el hecho de que Julieth está creciendo, y ya no puede hacer las mismas cosas que hacía de niña. Odia los cambios.- yo asentí ante eso.

Jeremy no era el único que odiaba los cambios. Yo también.

1 comentario:

  1. Jhonatan Jacob♥ hahah Jeff mejorsh :D
    me esta encantando la historia hasta donde va, Mady, simplemente genial ♥

    ResponderEliminar